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"TIRANTE EL BLANCO"
Visión del Director |
Los siglos han discurrido por encima de esta novela sin causarle apenas daño. En una primera lectura, ya fue evidente para mi que su estilo, su formulación, la convertían en algo más que un relato, y sobre todo en algo más que en una novela de caballeros andantes. Tanto las acotaciones de acción como los diálogos obedecen a un criterio ceremonial que pacta de inmediato con el lector permitiéndole que el acceso a la información se convierta en un deslizamiento suave por encima de la escritura, un ballet, una armoniosa conjunción de levedad y trascendencia. Esta novela es a la vez un “vodevil” y un testimonio cultural de primera categoría, incluso un testimonio histórico por sus evidentes referencias a una gesta poco conocida en sus detalles: Bizancio como baluarte de la cristiandad, y la contribución que en su defensa tuvieron las aguerridas y feroces tropas catalano-aragonesas - los llamados “almogávares” - a cuyo mando estaba el astuto estratega Roger de Flor, de quien, sin duda, Tirante es un trasunto sublimado.
Cervantes no fue insensible a los atractivos que tan singular novela le ofrecía. En el capítulo VII de EL QUIJOTE, no puede por menos de establecer una referencia haciendo que el cura salve a TIRANTE de la quema de libros y poniendo en su boca estas palabras:
-¡Válame Dios! -dijo el Cura, dando una gran voz-. ¡Que aquí esté Tirante el Blanco! Dádmele acá, compadre; que hago cuenta que he hallado en él un tesoro de contento y una mina de pasatiempos. Aquí está la batalla que el valiente de Tirante hizo con el alano, y las agudezas de la doncella Placerdemivida, con los amores y embustes de la viuda Reposada, y la señora Emperatriz, enamorada de Hipólito, su escudero. Dígoos verdad, señor compadre, que, por su estilo, es éste el mejor libro del mundo. Llevadle a casa y leedle, y veréis que es verdad cuanto dél os he dicho!.
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Tampoco fue ajeno Cervantes a más decisivas influencias que infinidad de críticos se han dedicado a analizar, todas o casi todas ellas convergentes hacia una misma condición: las aventuras de TIRANTE constituían una narración sumamente amena y divertida, un relato irónico a la vez que tierno, cruel y humano, lo mismo que - sin duda - quiso él para su QUIJOTE.
Han pasado, no los años, sino los siglos, y el olvido, tan natural en nuestra efímera condición humana, se ha declarado vencido frente al poder de una narración que emerge con la fuerza de un monolito.
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Vicente Aranda con unos amigos de esta web |
En nuestros días, podemos decir que TIRANT LO BLANC goza del más amplio reconocimiento entre los especialistas de la literatura mundial, ha sido traducido a 30 idiomas, y se ha convertido en un best-seller en USA publicado por Warner Books.
Vargas Llosa admite la influencia de esta novela que califica como “total”, y dice: “su autor figura en primerísima linea entre esos escritores que, a semejanza de Dios - Fielding, Dickens, Flaubert, Tolstoy, Joyce, Faulkner - han puesto un hálito de perfección en sus creaciones.”
Tan ditirámbicas alabanzas no han podido por menos de provocar en mi una mezcla de respeto y miedo cada vez que he intentado aproximarme a este relato para convertirlo en un producto de cine. Y sin embargo, entre los guiones que he escrito, y son bastantes más de las 24 películas que he hecho - una buena parte de ellos adaptaciones de novelas -, nunca había tenido la sensación como ahora de sentirme tan esencialmente útil. Un guión, y la película, su consecuencia natural, es un trabajo de síntesis que obliga a sostener con rigor un criterio muy selectivo, algo que puede constituirse en una amputación.
En este caso, el texto original del TIRANT, se me ha convertido en materia viva que acudía a la yema de mis dedos en forma de obligada y amable composición, casi como si de poesía se tratara y un verso en su metraje y en su resonancia me llevase obligatoriamente a otro.
Le he perdido el miedo, pero no el respeto, y en función de ese debido respeto he podido decirme a mi mismo que, en este intento de convertir TIRANT en luz y sonido, prevalecerá el propósito de allanar el camino hacia un texto que, si alguna dificultad tiene, es la de haber estado sometido al inevitable oscurecimiento del lenguaje, a ese carácter ciego de los anacronismos, esa renovación inevitable del idioma que pide para sí mismo - paradójicamente - una suerte de traducción al presente.
Han pasado más de cinco siglos desde que se escribió el TIRANT, y ahí está, incólume, dispuesto a entregar sus más fragantes esencias en cuanto se le solicite con un poco de amor, en cuanto se le pida que su evidente testimonio de época se abra a la actualidad para declarar que no sólo es cultura, sino fruición, relato vivo del siempre sorprendente comportamiento humano.
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